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El río

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El camino no presentaba ninguna dificultad que no pudiera ser resuelta con cierta facilidad, pero un sudor pegajoso y salado le cubría cada uno de los poros de la piel, ya que, aunque el día comenzaba a declinar, el calor era aún muy intenso.  En una de la revueltas del sinuoso sendero de cantos rodados, muy cerca de donde se encontraba, descubrió el dorado reflejo del sol del atardecer sobre la cristalina superficie de un pozo profundo, apartado y  protegido por una muralla de roca de las indiscretas e incómodas miradas de cualquier caminante despistado.  El cadencioso murmurar del río en su casi infinito transitar a través de los tiempos, parecía tomarse un descanso, pues reinaba en aquel lugar el prudente sonido, disfrazado de silencio, del bosque que le resguardaba.  No pudo rechazar aquella inesperada invitación.  Y buscó un lugar por donde llegar al otro lado.  Se respiraba paz.  Se desnudó y colocó su ropa y su calzado cuidados...

Soledad y Soledad

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Soledad,  espíritu maldito. Enredas en el alma, ahogas con tu presencia, rompes mi frágil equilibrio, anonadas mis sentidos, ahuyentas mis ilusiones,  y me conviertes  en un muerto, en vida… Soledad,  criatura dorada, heroína en mis venas, me salvas de la cruel rutina, apaciguas mis temores, pintas mis pensamientos, con pinceladas de color, con trazos de calor,  imprescindibles  para la vida…

Certezas ...

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Me asomo, con calculada indiferencia, al ángulo incierto de la realidad que me rodea. Concentro mi atención sobre los inabarcables muros de las pretendidas verdades absolutas. Observo que una minúscula grieta deja al descubierto algo que sospechaba. La certeza se cuela como el mortal proyectil de un experto francotirador alojándose con precisión en las profundidades del alma, sacudiéndola con violencia. La conmoción provoca la caída de algunas ilusiones que con irritante parsimonia y un rumor sordo se precipitan hacia la nada, adquiriendo en su descenso un tono grisáceo y enfermizo. El vacío frío e inicuo toma posiciones estratégicas. La cruel soledad del espíritu crece, encaminando todas las esperanzas al borde del oscuro abismo de la tristeza. Los latidos del corazón, agitados al confirmar la sospecha, se tornan lentos, como si deseasen no continuar enviando, con sus necesarios movimientos, más vida para la vida. Trato, sin conseguirlo, de desv...