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Caminar en soledad

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Caminar en solitario es necesario, cuando queremos desprendernos de ciertas costras que nos van dejando las heridas de la vida.  Nos permite reflexionar y tomar decisiones, con más claridad, respecto al futuro. Pero existen riesgos.  Es posible, que nos acostumbremos tanto a compartir nuestra vida, únicamente con nuestra soledad, que seamos incapaces de escuchar a los demás.  Adoptar el camino de la soledad por temor al compromiso, a que nos hagan daño, a mostrar emociones y sentimientos, a que nos perciban como personas débiles, puede convertirnos en seres fríos, despojados de todo tipo de empatía, ignorando a quienes de verdad nos quieren y nos necesitan.

La línea imperceptible

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Existe una imperceptible línea delimitando la frontera entre el cielo y el mar, allá en el horizonte. Del mismo modo, hay un instante en que las emociones que te envuelven sufren una mutación espontánea. Algo, hasta entonces adormecido, despierta, se despereza y emerge con fuerza. No existe un único detonante que provoque este repentino despertar. Una melodía, un abrazo, una frase, un amanecer, una imagen, un paisaje, el sonido del mar, una mirada, el susurrar de las hojas, un verso, una sonrisa, la noche, un sueño. Enumerarlas todas es absolutamente imposible. Las posibilidades son infinitas porque cada persona las percibe de diferente modo y se pueden mezclar entre ellas. De alguno de estos destellos inesperados es posible que nazca una relación de amistad, de compromiso o de amor.

Nubes

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Aparecen nubes en el cielo tan cercanas, tan lejanas quisiera llegarme hasta ellas inscribir entre sus texturas  letras, palabras, frases todos los pensamientos todos los sentimientos desvergonzados, verdaderos locamente divertidos preñados de atrevimiento.  palabras guardadas, latentes,  deseosas de compromiso de ser verso o ser prosa  que llegue hasta el corazón  de quien quiera hacerlas suyas murmurarlas o gritarlas desoyendo las distancias.

Dedicatoria

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Después de ascender 237 escalones, una vez alcanzada la ermita hay que tocar la campana tres veces y pedir un deseo. San Juan de Gaztelugatxe (Bermeo - Bizkaia). El rumor cadencioso de las olas golpeando la isla, envolviendo los silencios del atardecer, se asemejaba al repetitivo y armonioso sonido de los cánticos gregorianos o de los mantras de los monjes budistas. De repente, desafiando la tradición no escrita del lugar, el sonido limpio de una campana se alzó sobre los demás, repitiendo su tañido treinta y tres veces. Mientras sus vibraciones se esparcían por el aire del atardecer, el tiempo pareció detenerse (quizás lo hizo). Los invisibles moradores que protegen con su magia aquellos parajes, escucharon con especial atención cada uno de los toques, pues son ellos, y sólo ellos, quienes deciden si se cumplirán los deseos de quienes se atreven a tañer la campana. Esta vez no tenían dudas. La petición, aunque poco habitual, provenía de alguien que se afanaba cada día en sup...